Ya lo he dicho en el pasado. Hablar un idioma es como tener un súperpoder. Desde siempre me he sentido muy afortunado de haber crecido en Alemania con padres españoles. La primera generación en la mayoría de los casos es capaz de enseñarle el idioma a sus hijos. La segunda generación en la gran mayoría fracasa en este sentido.
Nuestro caso ha sido un poco diferente. Nuestros hijos han nacido todos en España. La mayor después de dos años todavía lo habla bien. El del medio ya ha perdido mucho. El pequeño no lo habla.
Yo he decidido desde el principio que nada más voy a hablar con ellos en castellano. El efecto es que prefieren hablar con su madre porque el alemán les sale más fácil. Normal.
Ahora los vamos a apuntar para clases de castellano una vez por semana dos horas que ofrece el estado alemán para familias que tienen otros origenes más allá del alemán. Yo también lo hice durante años.
La reacción del mediano (del que ya no habla tan bien, el pequeño todavía va a la guaderia) era que no quería ir. Es normal. Es más cómodo. Premian en esta edad el placer a corto plazo sobre lo que van a recibir a cambio a largo plazo.
La mayoría de los padres somos cómodos. Cuando las cosas se ponen complicadas cedemos. En este caso no lo voy a hacer. Por muchas peleas que tendremos por el tema los próximos años sé el beneficio que va a tener cuando sea adulto. Lo verá mucho más tarde. Se dará cuenta pero tardará en hacerlo.





