No me apetece salir de casa. Qué puñetas, si me apuras, me da pereza hasta ir a la nevera. Cuando llego a casa, tras ocuparme de las múltiples actividades que consumen el tiempo vorazmente, me doy cuenta de que estoy agotado, de que no puedo más.
Quiero hacerme una bola hasta el día siguiente…. Oh, no, había olvidado el día siguiente. Casi puedo saborear el regusto metálico de los problemas que mañana aparecerán sobre la mesa de la oficina.
“Y, para colmo, estoy engordando”
La comida rápida de veinte minutos no me ayuda en absoluto. Ojalá sintiese esa presión externa de alguien que me obligase a hacer deporte, porque quiero hacerlo. Es solo que no tengo voluntad. Quiero estar en forma, quiero llegar a la oficina agotado pero con la sensación de comerme el mundo. Quiero sonreír tras agujetas y poder decir que apenas sí puedo dar un paso más por las escaleras.
Necesito una mamá entrenador
Recordaba qué sensación era la que necesitaba para entrenar, era la misma que había sentido cuando, de pequeño, mi madre decía que algo se iba a hacer. Y se hacía, vaya que si se hacía. Nadie rechistaba o ponía en duda lo que su madre decía. Tú tirabas, lo hacías, y punto.
Así que llamé a un amigo que se encontraba en una situación similar a la mía, le dije que se pusiese ropa deportiva y que se bajase en veinte minutos a un parque cercano. No me importaba lo que tuviese que hacer, insistí hasta que conseguí que bajase sin dar mi brazo a torcer. Me convertí en su entrenador por un día.
Y le entrené. Bueno, corrí tras él apoyándole y dándole instrucciones de ejercicios. Supongo que es tan patético como suena, pero funcionó.
«Nos hemos creado una rutina, y la cumplimos aunque no tengamos ganas»
Durante una hora, fui su entrenador. ¿El coste? Que él fuese el mío. Le pedí que me entrenase en un par de días, cuando las agujetas se nos hubiesen ido a ambos. A los dos días, él fue mi entrenador. Cada dos días, cambiamos, y uno dirige el entrenamiento. Ambos tenemos una responsabilidad con el otro: somos su entrenador y su alumno, no podemos dejarle tirado como si nada.
Nos hemos creado una rutina, y la cumplimos aunque no tengamos ganas. Cada cuatro días voy a buscarle a su casa e insisto hasta que consigo que baja. Es una de las pocas normas que hay, insistir hasta que se realiza el entrenamiento, es parte del pacto.
De ese modo hemos eliminado la pereza que tan parados nos dejaba en nuestras respectivas casas. Dos días a la semana, yo le entreno. Otros dos días, me entrena él a mí. Nos hemos generado la obligación de entrenar al otro porque ya no eres solo tú quien sufre las consecuencias de no hacerlo: tu amigo empeorará físicamente si no estás ahí para él/ella.
Con un coach cruzado te vuelves responsable no solo de ti, sino de alguien a quien quieres. Un método más para eliminar la pereza.
Imagen | Tommy Takacs





