Reflexiones

Llevo las últimas tres semanas planificando el lanzamiento de un nuevo negocio. En esta ocasión quería lanzarlo a nivel personal fuera del contexto empresarial que ya tengo.

Tenía dos motivos principales para dar este paso.

Por una parte me apetecía mucho el proyecto y pensaba poder avanzar más rápido sin necesidad de consultarlo todo con el equipo y mis socios.

Mi “intento fallido” de montar un proyecto en solitario antes de empezar

Por otra parte quería montar algo independiente de todo lo existente. Algo que me podría permitir entregar mañana las llaves de mi casa y mudarme a otra ciudad, en otro país y no tener que preocuparme de los ingresos para cubrir los gastos de mi familia.

Ya lo tenía todo planificado. Estaba a punto de crear una nueva empresa para llevar a cabo esta y otras iniciativas.

La cosa cambió cuando hablando con mi socio sobre mi nuevo proyecto me hace la pregunta:

“¿Y si lo montamos juntos?”

Me rompió todos los esquemas en ese momento. Las decisiones ya estaban tomadas y el camino estaba claro para llegar al objetivo que me había planteado. Ahora de repente surgen dudas porque se abre un nuevo escenario que no había contemplado.

Desde el principio mi socio estaba al tanto de mis planes. La relación siempre ha sido buena por lo que no había ninguna necesidad de ocultar nada. Me había propuesto apoyarme y que entendía que quería dar el paso en solitario.

“Vaya, cabrón…” es lo primero que le dije. Si tienes un socio es que tienes claro el valor que le aporta al negocio. En su caso era lo mismo. Compartir el proyecto podría aportar muchas ventajas pero significaba volver a planificar una gran parte de las tareas desde cero.

Le dije que le tenía que dar una vuelta. Tardé dos horas y dos llamadas para aceptar la propuesta. Estaba claro que compartir significaba multiplicar las posibilidades del nuevo proyecto.

Razones de sentido común por las que compartir es una decisión lógica

¿Has escuchado alguna vez que 1+1 es igual a 3? No tengo una explicación matemática para el fenómeno pero te puedo dar algunas razones que son de sentido común:

  • Surgen más ideas porque 2 cabezas piensan más que una. La comunicación entre dos personas generan incluso nuevas alternativas que no hubieran surgido sin esta interacción.
  • Los problemas se resuelven antes por las mismas razones del primer punto.
  • Llegas más lejos aunque vayas más despacio. Había contemplado que en 20 días laborales iba a ser capaz de montarlo todo. Ahora probablemente tardaré bastante más porque hay que ponerse de acuerdo.
  • El riesgo se comparte y se reduce. El hecho de tener que encontrar soluciones conjuntamente ayuda anticipar posibles problemas y eliminarlos desde el principio. Se tarda más para montarlo pero se gana tiempo en la reducción de problemas que roban recursos en la fase de desarrollo de negocio.

Estas reflexiones evidentemente no reflejan una ciencia exacta sino son más bien de sentido común. Si nos lo pintamos en un esquema queda todavía más claro.

Compartir un negocio con otra persona aporta de media mayores beneficios

Compartir un negocio con otra persona aporta de media mayores beneficios

  • En un proyecto solitario el riesgo personal es más elevado y las oportunidades más limitadas porque los recursos a nivel intelectual, económico, etc. también lo son.
  • En un proyecto solidario el riesgo se comparte y las oportunidades aumentan por las mismas razones mencionadas arriba.

Está claro que hay que compartir pero se hace sobre una base mucho más grande de posibles beneficios. Hacer un proyecto entre varias personas no aporta una garantía de éxito pero mejora las posibilidades desde el momento cero.

Compartir no es dividir por dos sino más bien multiplicar por 3 si las bases están bien asentadas. La distancia entre oportunidad y riesgo aumenta.

Al final compartir un proyecto no es realmente una decisión emocional sino más bien lógica.

Foto de Fotolia | @ThomasSöllner

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